Retrato de un cachorro de artista
Nací un 18 de diciembre de 1979 en el Hospital Italiano de La Plata. A los dos años, nos mudamos a Gonnet, un barrio de las afueras, que por ese entonces tenía más baldíos que casas y en las zanjas se podían pescar ranas y panzuditos. Mis viejos todavía viven ahí.
A los doce años me animé y me anoté en el Colegio Nacional de La Plata. Tenía que tomarme todos los días el 518 y viajar media hora, lo cual era toda una experiencia. Ahí conocí a mis mejores amigos, esos que me conocen más que yo, que tienen derecho a reprocharme, a decirme lo peor. Bernie, fanático de Edmundo Rivero, tripero incondicional. Sahar, que le decíamos el Enano, y ahora mide un metro noventa. Carolina, diosa. A los veinte entré en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, esa especie de monasterio en el que se desayunaba cine, se bailaba cine, se soñaba cine. Veinticuatro horas por día,
veinticuatro cuadros por segundo. Esos dos años que viví en Cuba fueron intensos y excedidos. Beny Moré y María Teresa Vera, el jugo de tamarindo, los discursos de Fidel en la contratapa del Granma, los atardeceres en el malecón, las lycras de las mulatas, los primeros cuentos de Cabrera Infante, la comida en cajita, los alacranes, el silver dry y los huracanes.
Luego me mudé a Buenos Aires y desde entonces aquí vivo, fascinado por esta gran ciudad, tratando de acostumbrarme. Todavía me conmueve caminar por ciertos barrios, descubrir esos personajes legendarios que son el Ser Nacional que buscaba Adan Buenosayres. Me gusta saberme los recorridos de los colectivos, hacerle muchas preguntas a los coreanos del once. El puente peatonal, frente a la facultad de
Derecho, el expresso, las ferias americanas y las librerías de usados.
Cortázar me atravesó para siempre, Caetano es luz de mi inspiración. Almodóvar me dio ganas, Javier Daulte me mostró el camino.
Para mi epitafio, me gustaría una frase de Silvio:
"yo he preferido hablar de cosas imposibles
porque de lo posible, se sabe demasiado".
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